‘La verán mis ojos’ (XXI): «Crueldad hasta el final»

Última aparición del dictador, acompañado del heredero, tras las últimas ejecuciones
Última aparición del dictador, acompañado del heredero, tras las últimas ejecuciones

Por KEY GOOD

Mucho impresionó a don Nequin, Yebra y Lucas el relato de viva voz que de aquellas ejecuciones trajo Novais o Nové. “Los  tiros sonaron secos como trallazos y el de gracia sonó hueco como el eco. A Ramón García Sainz, José Baena Alonso y José Luis Sánchez-Bravo los ejecutaron en esa finca de Hoyo de Manzanares, rodeada de alambradas, que alberga la Academia de Ingenieros del Ejército. Es un lugar muy pedregoso, en la falda de un monte tupido de arbustos y matorrales. En lo alto se ve un picacho y una mansión picuda. Me dijeron que la utiliza el dictador cuando tiene ganas de matar conejos desde la ventana… Un oficial de la policía armada encabezaba el piquete de los seis hombres con sus cetme al hombro; delante de ellos iban unos guardias civiles custodiando a los reos. Los llevaban esposados. Caminaron unos cien metros desde el lugar en que los apearon del coche y cuando llegaron al lugar elegido –una especie de semicírculo entre jaras, piornos y descuernacabras– les colocaron delante un paredón de piedras, les taparon los ojos con pañuelos negros, y el jefe policial gritó: ¡Car-gén!, ¡apun-tén! ¡Fueeegó! Y en la blanquecina luz de la mañana, los tres jóvenes cayeron fulminados por los certeros balazos a quemarropa en la cabeza y el corazón”.

A la misma hora ejecutaron en Barcelona a Juan Paredes, Txiki. No lo ultimaron a garrote vil, como ordenaba la sentencia, sino a tiros. La última voluntad del finado fue pasar la noche con su hermano Mikel y su abogada Oronich. Y a la misma hora, las ocho de la mañana, pasaron por las armas a Ángel Otaegi Etxeverría, Cara Quemada, en el penal de Burgos.

Ni los tres mensajes del Papa, implorando clemencia al dictador, ni las protestas de cientos de intelectuales y algunos mandatarios extranjeros contra las ejecuciones sumarísimas consiguieron torcer la decisión del tirano de infligir un escarmiento a los llamados elementos subversivos. En estas circunstancias, ¿alguien podía afirmar, como sostenía Nequin, que el régimen fuera fruta madura y estuviera a punto de caer?

–El miedo no cambia a la gente –dijo el librero, confiado en la continuidad de la lucha de los jóvenes concienciados y de los obreros.

–Pero paraliza –dijo Nové.

El corresponsal de Le Monde era un tipo delgado y frágil, de cuarenta y tantos años, que había vivido la posguerra en Ursaría y tenía la cabeza llena de recuerdos infantiles sobre los efectos del miedo: la parálisis, el servilismo, el chivateo… ¿Quién podía asegurar que el dictador no iba a emplear el Ejército contra la gente si ésta se atrevía a protestar contra la vuelta del terror? Por eso nadie se atrevía a salir a las calles a gritarle asesino y criminal.

Ese silencio interior contrastó con la repugnancia de algunos gobernantes de los países llamados civilizados y las protestas de miles de exiliados y emigrantes. Como si de pronto aquellas ejecuciones les hubiesen recordado el origen criminal y la catadura moral del dictador español, el presidente de México, don Luis Echeverría, reclamó que fuera condenado y expulsado de las Naciones Unidas y las democracias europeas retiraron a sus embajadores de Madrid en señal de rechazo a los abominables métodos del tirano.

Ya antes de las ejecuciones, algunos personajes de la cultura y la inteligencia como Ives Montand, Regis Debray, Claud Jean Mauriac, Costa Gavras…, viajaron a Ursaría para alertar al mundo contra la crueldad del dictador español. Cierto es que apenas pisaron suelo en el aeródromo de Barajas, los expulsaron.

Y después de las ejecuciones, la indignación se desbordó en las calles de Lisboa, París, La Haya, Nueva York… En Lisboa, los manifestantes asaltaron la embajada española y pusieron en fuga al embajador. En Holanda quemaron la sede diplomática. En París y en Utrech apedrearon las legaciones. Las manifestaciones de repulsa se sucedieron en Roma, Bruselas, Berlín… En Nueva York, exiliados, inmigrantes y simpatizantes de la causa de la libertad en España organizaron una marcha por la Quinta Avenida, en la que participaron varios miles de personas.

La prensa española, aunque amordazada, recogía los ecos de las protestas. Un periódico tan reaccionario como los demás ironizó sobre una fotografía del dirigente socialista sueco Olof Palme realizando una colecta en las calles de Estocolmo con un cartel en el pecho que decía: “For Spaniens frinet” (Para la libertad en España).

Lo que más preocupaba al dictador y sus secuaces era la amenaza de la Comisión Europea de suspender la negociación sobre la rebaja de los aranceles, pues perjudicaba a los mercaderes de bienes y productos semielaborados que se enriquecían comprando a terceros y vendiendo al Mercado Común y a algunos industriales autóctonos que se forraban asimismo a costa de los míseros salarios que pagaban a los trabajadores y del trato preferente que recibían de los gobiernos llamados comunitarios en materia de tasas arancelarias.

“Ahí les duele”, decía el librero en alusión a algunos jefes de cámaras de comercio que se atrevieron a pedir evolución y no involución del régimen. La voz cantante correspondió al presidente del Círculo de Economía, Más Cantí, un hombre más valiente que las pesetas, que pedía un cambio democrático para poder ingresar en el Mercado Común. “Si los industriales, los comerciantes y la burguesía presionan, el régimen se acabó”, pronosticaba don Nequin como si la dictadura fuera fruta podrida a punto de caer.

Pero el régimen tenía sus armas, su burricie, sus legiones de paniaguados. Y respondió a las condenas de la comunidad internacional con una campaña de reafirmación patriótica. Los alcaldes dictaron bandos convocando manifestaciones de apoyo al dictador, los gobernadores civiles y militares realizaron proclamas apelando al orgullo nacional, los ministros y generales hablaban del enemigo exterior como si los gobiernos de los países democráticos hubieran tramado un complot contra la patria. Todos sacaban pecho en aquella campaña que incluyó el desprecio de lo extranjero con el lema: “Consume nacional”. Pegaron miles de carteles con la leyenda: “Si ellos tienen ONU, nosotros tenemos dos”. El grito de “¡España, con dos cojones!” y de “¡Arriba España!” arreció entre los afectos.

Un día por la mañana las autoridades decretaron vacaciones en las escuelas, dieron permiso a los soldados, cesaron las actividades en los organismos burocráticos, se suspendieron las prácticas usureras en las sedes bancarias, cerraron las tiendas y los comercios y una muchedumbre enardecida llegó a Ursaria e inundó la plaza de Oriente. Gente con bigote reglamentario y sin él portaban banderas nacionales, guías de los requetés y de otras mesnadas de combatientes, enseñas con el yugo y las flechas de la Falange Española y de las Juntas Ofensivas Nacionales (JONS)… Una multitud soliviantada cantaba himnos patrióticos, coreaba marchas militares y vociferaba consignas imperiales.

Según contó el correponsal Novais o Nové, de pronto, aquella masa enloqueció en gritos y vítores al dictador, que acababa de aparecer tras la balaustrada de un balcón del Palacio de Oriente en compañía del príncipe heredero. Unos tambores y cornetas impusieron silencio y el PTC se dirigió a la muchedumbre: “Españoles, españoles todos, gracias por vuestra inquebrantable adhesión y por la serena y viril manifestación pública que me ofrecéis en desagravio a las agresiones de que han sido objeto varias de nuestras representaciones y establecimientos en Europa que nos demuestran una vez más lo que podemos esperar de determinados países corrompidos y aclara perfectamente su política constante contra nuestros intereses”. A su lado, el príncipe heredero, con semblante serio, miraba al infinito. El dictador se refirió a Portugal, “la nación hermana que debate en la anarquía y el caos”. Esto le pareció a don Nequin “muy significativo”, pues se notaba que el bicho acusaba el golpe de la deposición del homólogo del país vecino. Y no olvidó, el dictador, una referencia a la tradicional conspiración judeo-masónica-izquierdista que quiere destruir a España. “Todo obedece –dijo– a una conspiración masónica izquierdista en la clase política en contubernio con la subversión comunista-terrorista en lo social que a nosotros nos honra y a ellos les envilece”.

Los congregados extendieron los brazos al frente y atronaron la atmósfera coreando una y otra vez el apellido del dictador. Querían demostrar que eran muchos, que eran fuertes, que eran invencibles. El octogenario miró aquella masa de encorajinados súbditos durante medio minuto, retiró las manos de la balaustrada, se bajó del podio afelpado que le ponían bajo los pies y desapareció.

“Era una calavera con gafas”, aseguró Nové.

Aunque las calaveras no se mueren, el dictador las diñó dos meses después, al cabo de una interminable sucesión de episodios orgánicos e intervenciones quirúrgicas que permitieron a los súbditos aprender anatomía y cultivar la vena humorística, con dichos como “su excelencia ha sobrevivido a la última autopsia” y otros de similar mala leche.

Luego, inmediatamente colocaron en su lugar a aquel príncipe silente, deportivo y festivo que acompañaba al dictador en las ocasiones solemnes, y le nombraron jefe del Estado con el título de Rey. Al funeral del tirano acudió su émulo Pinochet envuelto en un impresionante capote militar que acentuaba su aspecto de fanfarrón. A los fastos de la entronización asistió el presidente de Francia, un hombre calvo, de mediana edad, con aire de oficinistas y ojos de granujilla. Tras el luto siguió el absoluto y  no ocurrió nada.

 

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