‘La verán mis ojos’ (IX): «Perdices y lágrimas»

Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández
Perdiz roja. Foto: Mariano Fernández

Por KEY GOOD

9.–Perdices y lágrimas

El día de la voladura, Lucas acudió a almorzar a casa del librero Nequin. Su esposa, doña Luisa, era una mujer amabilísima, de pelo blanco y ademanes armónicos, que sonreía con todas las arrugas de su cara. Le recibió como si le conociera de toda la vida y se interesó por cómo le iba la vida en Ursaría. Era bastante más alta y debió de ser mejor moza que el tornillo Nequin. Su forma de expresarse le reveló que estaba ante una mujer culta, con criterio propio y opiniones razonadas sobre asuntos políticos, literarios, artísticos… Comieron en un salón grande que tenía tres balcones a la calle de Víctor Pradera, casi esquina con la plaza de España, y un piano abierto con una partitura junto a la pared del fondo. Doña Luisa parecía congratularse de que siendo tan joven fuese amigo de un hombre tan viejo como su marido. Cuando le dijo que le conoció como a tanta gente, de casualidad, Nequin le interrumpió y le reveló la apuesta que se traían. Ella no profirió el menor reproche hacia su marido por no haberla informado antes y dedicó a Lucas una sonrisa de aquiescencia antes de ponerse de su lado en lo atinente a la puja. Nequin refunfuñó, insistió en que sus ojos verían la República y descorchó una botella de cava para brindar por el acabose, es decir, “porque esto se acabe”.

Una señora como de cincuenta años, de voz cantarina, llamada doña Carmen, sirvió la sopa y se sentó a la mesa. En un momento de la conversación, Lucas agradeció a Nequin la llamada y el consejo de que tuviera cuidado, pues, en efecto, los afectos a la dictadura de Patascortas parecían muy soliviantados. Cuando les relató el incidente entre el electricista Olegario y el capitán Orejas, doña Luisa le felicitó: “Ya puedes decir que has salvado la vida de una persona, y a los que salvan vidas se les llama héroes”. Eso le dijo. Lucas consideró que no era para tanto y Nequin y la criada doña Carmen dijeron que doña Luisa tenía razón. El camarero, un poco abrumado por los elogios y el brindis que de inmediato propuso don Nequin, acertó a argumentar que la categoría de héroe queda para las mitologías y tenía entendido que a los carnales sólo se aplica si mueren. Mas, don Nequin insistió y volvió a alzar la copa: “¡Larga vida al héroe!”

Doña Luisa y doña Carmen se seguían riendo de la elaborada descripción de Lucas sobre el intento del capitán Orejas, aquella mole obcecada y embrutecida, rociada de vino por dentro y por fuera, de perseguir al electricista Olegario cuando le oyó cantar la famosa frase del himno de los borrachos: “Y en España empieza a amanecer”. Y entonces, Lucas dijo con gran seriedad que también creía haber salvado de un golpe mortal de necesidad a un maestro que llamaban don Filis.

–¿No me digas? –Se extrañó doña Luisa.

–Como lo oye –afirmó Lucas.

–Cuenta, cuenta –pidió doña Carmen.

–No se yo si estando comiendo…

–No importa.

–Es que esta merluza tan rica…

–¡Adelante, muchacho! –Exclamó Nequin.

–Fue algo bastante asqueroso –advirtió Lucas.

–¡Adelante muchacho! –Insistió el librero–, aquí nadie hace ascos.

–Bueno, en realidad –dijo Lucas– no fui yo sino una cucaracha la que salvó la vida al Filis. Una mañana, cuando iba a la escuela, sentí un bulto en la planta del pie. Aunque supuse que era una cuca de las que se metían por la noche en mis zapatillas, no me paré a sacarla y seguí corriendo porque ya iba tarde. Cuando entré en clase, don Tomás, que era el maestro de letras, ya había ordenado lectura, y estaban todos leyendo El Quijote como cada mañana.  Bueno, en realidad, uno leía en voz alta y los demás le seguían. Entré, me senté, saqué el libro del pupitre, un compañero me indicó por donde iban, y empecé a desatarme la alpargata para quitarme aquel bicho destripado de debajo. En esas, don Tomás dijo: “Sigue, Lucas”. Yo repetí la última frase del que leía en voz alta. No se me olvida: “Non fuyades, cobardes”. Me había perdido y no encontraba la línea. Repetí más despacio: “Non… fu-ya-des-co-bar-des…” Seguía sin encontrarla. “Ni fu ni fa, ahí de rodillas”, me ordenó don Tomás, señalando el lugar habitual a un lado de la tarima, junto a la pizarra. Poco después entró el Filis, que era hijo de don Tomás y nos daba Aritmética y Geometría, y éste se marchó sin levantarme el castigo. Don Filis era un hombre muy desgarbado y muy blanco, más blanco que esta merluza. En realidad tenía mirada de loco y ojos de merluzo. A los cinco minutos comenzó a temblar y hacer gestos espasmódicos. “¡El ataque, el ataque!” Una o dos veces por mes sufría un ataque epiléptico. Algunos chavales salieron corriendo a llamar a don Tomás, que estaba en la clase de los mayores y acudía a toda prisa a socorrerle, metiéndole un pañuelo en la boca para que no se comiera la lengua y dándole a oler un fraquisto hasta que se calmaba. Aquella vez, al pobre Filis, que ya he dicho que era muy alto, se le aflojaron las ancas, se tambaleó, se cayó y se habría desnucado contra el radiador de hierro de la calefacción si no hubiera sido porque yo, allí de rodillas, vi que se derrumbaba y le paré el golpe, dejándole sentado en el suelo. Pero que conste que no fui yo, sino aquella cuca la que le salvó la vida.

El almuerzo con el librero, su compañera y doña Carmen le resultó agradable y nutritivo. Doña Luisa era farmacéutica jubilada y le regaló una crema para que se curase las manos, agrietadas entre los dedos por efecto del agua fría de lavar los vasos, y le invitó a volver y le dijo que allí tenía su casa. Y luego, don Nequin le dio varias cartas aviónicas para sus amigos del extranjero y le pidió que le hiciera el favor de acercarse a Cibeles y echarlas al buzón del correo aéreo. En la calle lloviznaba, hacía frío. Mal día para los viejos y los pájaros. La encrucijada de Callao estaba infectada de policías armados. Lucas siguió por la Gran Vía y bajó por Alcalá hacia el palacio de Comunicaciones. Depositó las cartas y subió hacia la Puerta del Sol. El ulular de las sirenas policiales atronaba la ciudad. Los policías andaban como aventados, buscando a los autores del atentado contra el jefe del Gobierno. En Sol, los coches policiales entraban y salían a toda prisa por el portón del edificio de Gobernación. Los grises arreaban con sus porras a las gentes que se paraban a otear en las inmediaciones. “¡Circulen, leche, circulen!”, gritaban nerviosos. No se les podía mirar, a los grises; si se les miraba fijamente, se enfadaban, te exigían la documentación y si no les gustaba tu cara eran capaces de arrestarte por desobediencia y desacato. Eran más susceptibles y peligrosos que los toros bravos, aquellos grises.

Al cruzar la Puerta del Sol vio venir a lo lejos un furgón policial de los que llamaban canguro con gran estrépito de chicharras y se paró a observar ante una hilera de loteras apostadas en sus sillas plegables junto a la pared que cacareaban su mercancía: “¡El número de la suerte para Navidad! ¡Lotería para Navidad!”. A través de los cristales recubiertos con mallas de alambre contra las pedradas observó que llevaba muchas cabezas. Eran cabezas de detenidos. “Han debido hacer una buena redada”, dijo a la lotera que tenía al lado. “Esos rojos del mil uno… A ver si acaban con todos”, contestó ella.

La Campana estaba en silencio. Los pocos parroquianos que ocupaban las mesas murmuraban sus charlas como rezos. La enormidad del atentado contra el jefe del Gobierno aconsejaba hablar poco y en voz baja. Las autoridades habían decretado luto oficial y desatado una ola de detenciones contra los comunistas, a los que genéricamente atribuían la enormidad de la salvajada.

Leonardo Rabadán o Raba comentó que había “sentido” por la radio la orden del jefe de la Guardia Civil de tirar a matar contra cualquiera que desobedeciera el alto, pues cualquiera podía ser sospechoso. “Parece que ha empezado la caza de brujas, así que cuidado y punto en boca, chico”.

Horas después, un grupo de encapuchados de una banda terrorista vasca comunicó desde el otro lado de la frontera con Francia que habían sido ellos y no los comunistas quienes habían apiolado al almirante jefe del Gobierno. No querían que nadie se confundiera ni les arrebatara la medalla de haberle hecho volar por los aires. Raba respiró aliviado, pues aunque no era comunista se hallaba fichado por haber estado en Cuba.

El funeral por el alma del finado se celebró en la iglesia de los Jerónimos. Acudieron muchísimas autoridades. Lucas y Raba comentaron las fotografías que publicaron los periódicos. En una aparecía un viejo enclenque llorando y tratando de consolar a una mujer de negro. Era el dictador PTC. A primera vista parecía acabado. La mujer era la viuda del fallecido, una dama benemérita de la que decían que había hecho mucho bien a España, suspendido revistas, censurado muchas obras, cancelado teatros y prohibido la prostitución.

Al lado del dictador se veía a una mujer de rostro cerúleo que prolongaba su huesuda estatura con una peineta cubierta con un velo negro. Era la esposa del dictador Patascortas. Junto a ellos se veía a unos tipos gruesos, calvos, muy serios, con papadas desbordadas sobre los cuellos duros de sus camisas. Eran ministros y representantes del orden institucional. Y detrás de ellos aparecía en segundo plano la figura borrosa de una pareja. Se trataba del príncipe designado por el dictador para que le sucediera en la jefatura del Estado y de su esposa, hija de unos reyes griegos destronados, a la que Lucas, por proceder de la Atenas de Pericles, atribuyó en una de sus discusiones con el testarudo Nequin un cierto conocimiento de la democracia.

–Impresiona, chico –dijo Raba al ver la foto del dictador llorando, pues nunca se le había visto llorar en público.

–Parece acabado –observó Lucas.

Raba dudó.

–¿Crees que durará mucho?

–Qué se yo, chico.

–¿Cuánto le echas?

–Demasiado; date cuenta que esa gente no trabaja, no se gasta, y ese tío se pasa el día al aire libre, cazando, pescando y realizando ejercicio…

Era posible que Raba tuviera razón, siempre la tenía; de hecho, se comentaba que el dictador generalísimo estaba configurado para vivir un siglo.

Sin embargo, después de las fiestas navideñas, Lucas captó una conversación en la mesa de los señores milicos de la que dedujo el declive del PTC, pues el general Ferrari lamentaba entre recogilondrios que su Excelencia hubiera perdido el gusto por la caza y que aquel año no hubiese acudido a pasar la Noche Vieja en Arroyovil. Su Excelencia solía acudir a aquel cortijo de la provincia de Jaén para despedir el año con la familia y algunos amigos. Después de cenar y de brindar por el porvenir se acostaba pronto a descansar, pues le gustaba madrugar para salir al día siguiente a cazar la perdiz roja. No pocas veces le había acompañado el general Ferrari en aquella placentera excursión de año nuevo, pero en esta ocasión su Excelencia había suspendido la cacería y aquello le parecía a él muy mala señal.

Raba dijo que los comentarios del general milagro eran una majadería y que si el dictador había renunciado a darle gusto al gatillo y no empezaba el año disparando al rojo –en este caso, a la perdiz roja– era por causa del mal tiempo y las preocupaciones palatinas.

–¿Crees que puede con la escopeta?

–Nos ha jodido si puede.

Cuando Lucas comentó a Nequin el producto de sus observaciones sobre la pérdida del gusto por el gatillo que el general Ferrari atribuía al dictador, el librero se rascó la cabeza bajo la boina y se rió. A continuación le invitó a pasar a la caseta y le informó del barullo dinástico que se traían el PTC y su familia. Al parecer, los familiares y amigos de conveniencia del dictador aprovechaban aquellas cenas de Noche Vieja en Arroyovil para animarle a modificar el plan sucesorio, de manera que en vez de mantener como heredero de la Corona de España al rubio Juan Carlos, hijo del tercer vástago de Alfonso XIII, Juan de Borbón, lo sustituyera por su primo carnal don Alfonso de Borbón Dampierre, que por algo se había casado con su nieta Carmencita. Los familiares querían que el dictador instituyese la dinastía de los Borbón-Franco para acceder de ese modo a la Corona de España. Por lo visto, no les bastaba con mandar y querían reinar por los siglos de los siglos. Pero el dictador no era un tonto, sino un político calculador, y en la administración de su infinita crueldad no se atrevió a asestar otra puñalada trapera a los monárquicos de la línea sucesoria directa. Según don Nequin, su renuncia a cazar la perdiz roja en fecha tan señalada no obedecía más que al deseo de que aquellos pájaros no le levantaran más dolores de cabeza.

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