
Por KEY GOOD
7.–Millones, chico
Los alemanes reaparecieron en el mes de octubre en la tertulia de los señores milicos. El general Ferrari y el capitán Orejas les acogieron con la habitual efusividad. El alemán del cráneo pelado cual bola molondrónica depositó el cartapacio de cuero negro a los pies del birria de general. Lucas y Raba se cruzaron algunas miradas entre la atmósfera ahumada del local, como diciéndose: “He ahí el objetivo, atentos a la jugada”.
Lucas les sirvió bebidas y viandas y se colocó junto a la columna del centro del estadero desde la que solía contemplar el panorama y detectar las necesidades de los clientes. Cuando la euforia de la bebida soltó la lengua de los milicos y elevó el volumen de su conversación, captó alguna onda de celebración y algazara por la singular bravura fusilera y bombardera del general chileno Pinochet, que estaba limpiando el país de comunistas, comenzando por su presidente, Salvador Allende, del que les oyó decir que era “un peligro, un aliado de los rusos en el Cono Sur”.
Les vio alzar las copas por aquel colega que salía en los periódicos con rostro de gorila, cargado de medallas, y les oyó desear larga vida y longevidad asimismo al general doméstico. A sus oídos llegaron frases del campanudo capitán Orejas, propugnando una limpieza similar a la chilena, pues la nación volvía a estar llena de rojelios traidores e indeseables.
Perdió la onda del festejo al desplazarse a servir a otros parroquianos que iban y venían. Y cuando la retomó de nuevo, la euforia había pasado y sólo pudo captar algunas cifras y algunos términos como “barriles, Pirineos, cadmio, uranio” y otras palabras que no entendió; supuso que eran marcas de armas y municiones y no tuvo duda de que hablaban de negocios. La palabra “barril” podía ser exacta para designar al general milagro, aunque en aquel contexto se empleaba como unidad de medida de petróleo, un líquido negro, viscoso y tóxico que brotaba de las entrañas de la tierra y cuya escasez y carestía traía al mundo de cabeza.
Los alemanes solicitaron más cerveza, vino y viandas. Él les sirvió con presteza y esmero. El capitán Orejas engullía y se frotaba las manos. El Marino exhibía su campechanía con una anécdota poblada de tacos. Un comandante apellidado Ayala hablaba de gases y estratos, tapándose media boca con una mano. El general Ferrari miraba de reojo al alemán de pelo a cepillo y mantenía aprisionado el maletín entre sus zapatos. De vez en cuando soltaba algún “recogilondrios” sin mover las piernas ni el resto del cuerpo. Lucas no veía el modo de poder arrebatarle el cartapacio. Su tentación de dejar caer sobre él la bandeja cargada de vasos con bebidas aumentaba cuando recordaba la patada que le asestó en el trasero al Agitador, es decir, a aquel ginecólogo rubiasco que jamás volvió a pisar el establecimiento. Sin embargo, no convenía precipitarse. “Tan importante es saber lo que hay que hacer como lo que no hay que hacer”, decía Raba. Y lo que no había que hacer era precipitarse. “Ante todo, mucha calma”, insistía Raba.
En un momento determinado, cuando mayor era el tránsito de gente que podía facilitar la sustracción del cartapacio, acudió el jefazo Marzo a saludar a los alemanes y a cumplimentar a los señores milicos; se sentó con ellos y ordenó a Lucas una ronda de parte de la casa. La posibilidad de provocar un estrago con ruido de cacharrería, seguido de una confusión que le permitiese apoderarse del maletín, se alejaba definitivamente. Aunque Raba y él habían medido y meditado al milímetro el plan de sustracción por el método del cambiazo, no se daban ni regalaban las circunstancias para ejecutarlo tan limpiamente como deseaban.
Desde el fondo de la barra Rabadán miraba a Lucas de tanto en tanto y éste cruzaba los brazos en señal de espera. Los milicos y los alemanes seguían hablando. Lucas se acercaba a ellos con ademán de observar la evolución decreciente del líquido de sus vasos. Inclinaba levemente la cabeza, miraba hacia lo alto y, con las manos atrás, se daba la vuelta y regresaba sobre sus pasos hacia la columna del centro del estadero. Un camarero debía estar muy atento a los deseos de los clientes, máxime si con ellos se hallaba el jefazo departiendo sobre los vicios y las virtudes de la mujer española, menos dulce y más arisca que la alemana, pero también más apasionada.
Cuando finalmente el jefazo Marzo abandonó la reunión pidiendo a Lucas que sirviera otra rondita a los señores, también por cuenta de la casa, Rabadán le susurró: “Hay que esperar, chico” y le colocó las bebidas en la bandeja. Tampoco ahora se daban las circunstancias para provocar el estrago y pegar el cambiazo. Después, cuando los alemanes pidieron la cuenta y él se acercó a Raba para que cobrara el importe de “la mesa tres”, el veterano camarero le susurró: “Plan B preparado, chico”.
Según lo previsto, el plan B se ejecutaba sin estruendo y requería unas circunstancias especiales que casi nunca se daban. Sin embargo, aquella tarde, diez minutos después de que los alemanes abandonasen el establecimiento, el Marino y el comandante Ayala apuraron sus copas y se despidieron hasta más ver. Sólo quedaban el capitán Orejas y el general Ferrari, que en ocasiones como aquella, cuando mediaba el maletín, esperaba a que un coche oficial con un cabo conductor pasase a recogerle.
En un momento determinado, el capitán Orejas –todo vientre con algunos apéndices alrededor– se incorporó para ir al lavabo, donde era de suponer que no hallaría pasquín alguno del Agitador, pues el jefazo Marzo había ordenado a la cocinera Tinina que pusiera buen cuidado en la limpieza del mingitorio. Entonces Rabadán tosió en falso para alertar a Lucas. Éste asintió con una breve inclinación de cabeza y se acercó al pequeño armario de Manolo Elimpia para ejecutar la operación trueque con la mayor rapidez. En la bajera del armario del limpiabotas, que no acudía al trabajo a causa de la lumbalgia, habían guardado un maletín idéntico al que el alemán de pelo al cero depositaba a los pies del general, sólo que lleno de serrín, para realizar la sustitución.
Rabadán, al ver que el birria del general se había quedado solo, caminó deprisa hasta el recodo del fondo del establecimiento, descolgó el teléfono, regresó, se acercó a la mesa y comunicó al milico:
–Mi general, le llaman por teléfono.
–¿De parte de quién es?
–No me han dicho.
–¿Hombre o mujer?
–Voz masculina me pareció, parecía del cuartel general –aventuró.
–¡Recogilondrios! ¡Vaya hora de llamar!
El general se incorporó y acudió a contestar. Pasó al lado de Lucas, que, con un movimiento rápido, se dispuso a abrir el armario de Elimpia para pegar el cambiazo. Pero el birria del general regresó de inmediato sobre sus pasos, se inclino, agarró el maletín y se lo llevó consigo a contestar al teléfono.
–Fracasamos, Raba –susurró Lucas.
–Es muy listo, chico; muy desconfiado… Pero sabes ¿qué? Ahora tenemos la prueba de ahí dentro lleva millones, chico.
–Puede ser.
–No hay que desesperar; lo intentaremos otra vez.
Acordaron mantener el plan tal como lo habían ideado y decidieron añadir a la coartada los nombres de los alemanes que Lucas había averiguado. En síntesis el plan consistía en cambiar el maletín al menor despiste del general Ferrari. El cartapacio con los millones de pesetas que Raba imaginaba pasaría del armario de Elimpia a la cueva del establecimiento, donde lo esconderían en la carcasa de plástico de una de las decenas de garrafas de vino allí almacenadas. Lo mantendrían así escondido hasta que pasara el temporal y después se repartirían el dinero y lo sacarían de aquel agujero.
Por si las cosas se complicaban y acusaban a alguno de ellos, habían previsto realizar una operación indolora que consistía en llevar la garrafa al periódico Pueblo como si fuera uno de los tantos pedidos que realizaban los trabajadores de la imprenta de aquel diario cuando celebraban efemérides y cumpleaños. De camino hacia el rotativo sacarían el maletín y se desharían de la carcasa de la garrafa. Y a continuación, debidamente envuelto y precintado, como si fuera un paquete de chorizos, se lo harían llegar al redactor y dibujante Quesada, que pintaba monos en aquel periódico y habitualmente visitaba La Campana. Para que el portero del rotativo no pudiera reconocerlos, darían una propina a alguno de los guajes bienmandados que solían pegar patadas al balón en una plaza cercana para lo entregara al conserje del diario.
“Perderemos el dinero, pero no la libertad”, decía Raba tratando de imaginar la cara de sorpresa de Quesada cuando desenvolviera el paquete, abriera el maletín, viera los fajos de billetes y leyera la nota mecanográfica que Lucas había escrito en la Remington de una academia de la Puerta del Sol en la que se había colado para redactar la procedencia del latrocinio. ¿Se atrevería aquel periódico a publicar que un informante anónimo había entregado un cartapacio extraviado por el general Ferrari con equis millones de pesetas en billetes nuevos? ¿Se apropiaría aquel Quesada del contenido del cartapacio y callaría como un muerto? ¿Se pondría en contacto con el general para devolverle el producto de la corrupción a cambio de una pingüe recompensa? No lo sabían, pero tenían los medios de averiguarlo si el asunto se torcía y las circunstancias les obligaban a activar la coartada.