‘La verán mis ojos’ (VI): «El maletín del general milagro»

Casetas de libros de lance y ocasión en la Cuesta de Moyano
Casetas de libros de lance y ocasión en la Cuesta de Moyano

Por KEY GOOD

Resumen: en los capítulos anteriores hemos visto el origen y la llegada de Lucas Ubiese a Madrid o Ursaria (tierra de osos), su coincidencia con Argala en el viaje, las cartas que le envió y no tuvieron respuesta, su empleo de camarero en La Campana — una taberna de la calle Nuñez de Arce–, su buena relación con el encargado Leonardo Rabadán o Raba, su amistad con el librero republicano establecido en una caseta de la Cuesta de Moyano, Nemesio Quintana o Nequin, y la apuesta sobre si al término de la dictadura podrán restablecer la República. Lucas sostiene que no y el viejo Nequin apuesta por lo contrario y afirma que en diez años «la verán mis ojos». Entre tanto, Lucas sigue buscando a Charín o Chin, su único amor verdadero. 

El mes de agosto pasó enseguida. La gente que se había ido de veraneo regresó a Ursaría con mejor color, desaparecieron los muy estimados y timados turistas, el cerillero Manolo Elimpia volvió con desgana y lumbago al trabajo, Manolo Bolo siguió cantando y empleó el producto de sus sisas estivales en grabar un disco con trescientas copias que repartió a precio de saldo en los bares y discotecas de su pueblo y de otros cercanos para adquirir fama, y los clientes habituales de La Campana regresaron donde solían; el crítico don Alfredo recuperó la tabarra de Upita contra el industrial que exportaba tortas de aceite a los países árabes, señor Lepanto; los taurinos retomaron sus análisis, los galguitas siguieron extendiendo talones al orondo concejal, comenzó la liga de fútbol y los señores milicos pronto tuvieron un nuevo motivo de alegría y conversación: el golpe de Estado en Chile. Para compensar, reapareció el Agitador dejando en el lavabo nuevos pasquines contra la dictadura.

–¿Tú crees, Raba, que vendrá la República? –Preguntó Lucas a su colega, amigo y valedor.

–¡Que se yo, chico…! Lo que es venir, no vendrá.

–¿Por qué crees que no vendrá?

–Porque España no tiene tradición republicana. Y además, ¿a ti qué te importa?

–Puede que tengas razón.

–La tengo, chico. ¿No ves que la gente es imbécil, pone coronas a los santos y reza a las vírgenes coronadas? Y quien dice vírgenes, dice reyes, princesas y toda esa aristocracia. Aquí pasa lo que en la tribu de Butatá de la novela que me dejaste; los tribales nombran rey a Paradox, lo llevan a hombros en unas parihuelas, lo alimentan hasta reventar y se sienten felices. Paradox se ríe de esos pobres ignorantes y le dice a su amigo Diz: “Ves, Diz, como la gente es imbécil: siempre necesita tener a alguien encima de la cabeza”. Pero bueno, ¿por qué te interesan esas cosas?

–Es que me he hecho amigo de un republicano y él dice que vendrá la República y yo digo que no, que podrán una monarquía como una catedral, y hemos acabado haciendo una apuesta.

–Cuidado con esos amigos, chico, que muchos trabajan para la secreta –le advirtió Raba.

Lucas le explicó que se trataba de un tío legal, el viejo librero Nequin, el hombre que le prestaba libros, y le refirió los términos de la puja. Rabadán torció el gesto y dijo lo del torero al filósofo:

–Tiene que haber gente así… Pero diez años es mucho para una apuesta; antes hemos de hacernos millonarios tú y yo, chico.

–No veo cómo.

–Vamos a ver: tú necesitas dinero para poner un anuncio y localizar a esa china, ¿no es cierto?

–No es china, es Chin.

–China o Chin, tanto da; lo cierto es que necesitas dinero para publicar ese anuncio, ¿verdad? Y supongo que también para vivir más desahogadamente y salir de este agujero, ¿no es así?

–Sí

–Y yo también necesito parné para salir de aquí y reunirme con los míos en Cuba, ¿no? Y ese dinero, mucho dinero, pasa por delante de nuestras narices por lo menos una vez al mes.

–¿A qué te refieres?

–Al maletín que le entrega el cabeza bola alemán al general milagro.

–¿Crees que lleva dinero?

–Millones, chico. Se lo mangamos, y asunto resuelto.

–Robar es delito, Raba.

–Quien roba a un ladrón tiene cien años de perdón.

–Eso es en el refranero, pero en la realidad no.

–Tú has estudiado, ¿verdad? Pues ponte ahora a estudiar este asunto, chico.

–No he estudiado para ir a la cárcel, ya me entiendes.

–No hombre, no; se trata de estudiar la manera de apoderarse del maletín sin ir a la cárcel. ¿De qué sirve estudiar sin que le aproveche a uno?

–Hombre, sirve para ser menos ignorante.

–Menos ignorante…, menuda cosa. ¿A quién le importa el saber por el saber? Lo importante es el saber para vivir, osease, saber discurrir para dejar de ser un pobre hombre, ¿me entiendes, chico?

–Si, Raba, claro que te entiendo.

–Pues eso, ponte a discurrir el modo de arrebatarles el maletín a esos tíos y olvídate de si viene o deja de venir la República, que no vendrá.

Manolo Bolo tampoco creía que los españoles pudieran proclamar la República y el jefazo Marzo parecía afecto al régimen dictatorial. En cambio, la Rubia del Portugués le dijo que le gustaría que viniera.

–¿Por qué? –Quiso saber.

–Porque así vendrá el divorcio –contestó.

Por su parte, el librero Nequin seguía convencido de que vendría y se negaba en redondo a anular la apuesta. Lo de aquel hombre le parecía a Lucas una obsesión aguda. Mantenía, el muy iluso, la costumbre de interpretar las noticias a su manera y, por ejemplo, en la retirada del gran futbolista Amancio Amado Varela, poseedor de un palmarés extraordinario –había ganado ocho ligas, tres copas del generalísimo y dos de Europa– veía él un signo inequívoco del irremisible agotamiento de la dictadura. Y como Lucas opinara que su visión era exagerada, pues una cosa era que un futbolista colgara las botas y otra que el régimen se agotara, le replicaba diciendo que los prebostes echaban las muelas por la contrariedad y el enfado ante la decisión del futbolista, sin entender la fatiga de los materiales, y le invitaba a cotejar las declaraciones del ministro de Educación quejándose de la “manía de los jóvenes de ir a la Universidad” y del ministro de Trabajo pidiendo “más balón y menos latín”. “Ya nadie obedece a esos tipos ridículos ni al dictador PTC”.

–¿Por qué le llama usted así?

–Por si acaso.

–¿Por si acaso qué?

–Por precaución.

–¿Qué quiere decir PTC?

–Patascortas –aclaró el librero.

Posiblemente Nequin, con su cóctel de obsesiones y ocurrencias bajo la boina, manejaba una lógica interna que Lucas ignoraba, pero sus interpretaciones de la realidad y su correspondencia con aquellos exiliados tan relevantes como desconocidos no acababan de convencerle de que el acabose de la dictadura pudiera significar el asomo de la República.

En ocasiones, Nequin se alegraba de que a Lucas le gustasen los libros, pues así, según decía, trabajaría menos a disgusto para él cuando perdiera la apuesta que se traían y tuviera que satisfacer la deuda con el sudor de su frente. Lucas le contestaba que primero tendría que desaparecer el dictador PTC y después… Bueno, la República le parecía a él tan platónica como el amor que sentía hacia aquella Chin a la que trataba de localizar.

Algunas noches, cuando caía rendido en la piltra de la abuhardillada habitación, le daba por pensar que la vida era un maldito enredo que discurría por donde se le antojaba, sin que uno acabara de gobernarla. Ahí estaba el ejemplo de la Rubia con su drama íntimo. Aquella mujer tenía razones para no fiarse de los hombres ni de las leyes. Se había casado con un tipo al que llamaba “el mariquita de mi marido”. Un mes después del matrimonio, “el mariquita” se enamoró de un tío y la abandonó. Aunque le convenció con dinero para que testificara que no había consumado el matrimonio y pagó un dineral al tribunal de la Rota para que anulara el vínculo, los tribunos de la curia le contestaron con una sentencia inapelable que ratificaba su unión con el “mariquita” de por vida. Siendo una mujer de orden, se iba secando mientras esperaba la desaparición del dictador PTC y el reconocimiento del divorcio para rehacer su vida sin temor al qué dirán. Por eso deseaba que viniera la República.

Ahí estaba también el caso del amigo Raba como ejemplo de la arbitrariedad de la vida. Con la venta de las pieles de garduñas, zorros y conejos que cazaba a cepo y desollaba para la industria de la confección de abrigos para señoritas ricas y con el producto de las cuatro ovejas que le pagaban por cada trashumancia para que fuera formando su propio rebaño, reunió los billetes verdes necesarios para emigrar a América. Salió en un barco desde A Coruña. Después de dos semanas de travesía desembarcó en Cuba, pues el barco seguía hacia la Florida y él se dirigía a México. Desde el país azteca, dominado por Hernán Cortés y atemorizado por el loco Aguirre y otros personajes despiadados que venían en los libros, Raba se disponía a llegar a Texas, donde le esperaba un primo lejano que le iba a emplear de conductor de grandes rebaños de merinas hacia California, un trabajo a caballo muy bien remunerado que, según su primo, le iba a proporcionar una gran fortuna en pocos años.

Pero ocurrió que mientras esperaba el barco hacia Veracruz contrajo una extraña enfermedad: se le hincharon los ojos, vomitaba todo lo que comía y bebía, le atacaba la fiebre, se iba debilitando y comenzó a ponerse amarillo. Acudió a un médico que le pronosticó una grave hepatitis vírica y le extendió una carta de recomendación para que le acogieran en un hospital, donde, según decía con cierto orgullo ideológico, “aquellos comunistas me trataron de maravilla y me sanaron, chico”. Claro que también le dejaron sin un céntimo. “Casi todo el rendimiento de las pieles de zorros, garduñas y conejos acabó en Cuba, pero valió la pena”, añadía con renovado orgullo.

–La verdad es que no te entiendo; te dejaron pelado, tuviste que pagar todo lo que tenías para que te atendieran y encima sostienes que esos comunistas son muy buenos… No te entiendo, Raba.

–Mira, chico –Abrió su cartera y le mostró una fotografía de una niña negrita, rolliza, sonriente. –Es mi hija –añadió con orgullo superlativo.

Se había ido a hacer las Américas y había hecho una americanita por la vía de dejar preñada a una cubana. Aquella fotografía era la prueba de su obra mejor acabada y, sin embargo, en construcción.

Lo que ocurrió fue algo tan sencillo y natural como el deseo de seguir viviendo. Cuando se restableció, ya carente de posibles para proseguir su viaje y sin respuesta del primo lejano que conducía océanos de ovejas hacia California, no tuvo más remedio que buscar un trabajo para sobrevivir, y se empleó de mozo de carga en el puerto. Entonces descubrió que el comunismo, aun teniendo muchas cosas buenas, tenía una malísima: nadie se podía hacer rico, así que una sudorosa madrugada en que cargaba sacos de azúcar en un buque que tocaba puerto en la Península Ibérica, concretamente en Lisboa, se dijo así mismo: “Tira p’aespaña, Raba”, y con el último saco a la espalda se quedó en la bodega del barco y volvió con lo puesto, pero llegó.

Le faltó tiempo a Raba de despedirse de Minegra, pero como no era un gandul, le escribió en cuanto pudo. Debió ser una carta muy tierna, pues ella le perdonó la huida y le respondió que estaba encinta y que a ver qué iba a ser de ella y de la criatura que llevaba dentro. Desde entonces no dejó Raba un solo mes de enviar regalos y dinero a Minegra y cuando nació Miniña, de mandar más regalos y más dinero para ambas. De la promesa que se había hecho a sí mismo de regresar millonario, nada de nada. Del objetivo de volver al pueblo en un reluciente automóvil con brillo de insecto y elegir una buena moza del norte para compartir la vida, se olvidó pronto. Minegra y Miniña eran su familia y deseaba con toda su alma reunirse con ellas, para lo cual necesitaba dinero. Lógico.

La vida es un enredo, se decía Lucas repasando su propia situación: no lograba encontrar a Chin, no había conseguido la sentencia del Viejo ni veía un horizonte cierto que justificase su presencia en este mundo. La inercia laboral encadenaba sus días sin más aliciente que la esperanza de encontrar a Chin ni más deseo de que ella le recordara, le reconociera y le amara todavía. Algunas veces soñaba que al otro lado de la línea del negro auricular de la Taberna de El Portugués, una voz le preguntaba: “¿Quién la llama?” Y él decía: “Lucas”. Y la pregunta: “¿Qué Lucas?” no necesitaba respuesta porque ella, Charín, empuñaba el auricular y exclamaba con su voz de niña: “¡Lu! ¡Qué alegría!” Y él salía corriendo y se encontraban, se abrazaban y besaban y ya no se separaban nunca más.

Pensando en Chin solía dormirse sin discurrir la manera de arrebatar el maletín a aquellos tipos, los milicos que, como decía Raba, mangoneaban el país y eran gente de mala calaña y peor ralea, la misma que le robó la vida al Viejo.

Deja un comentario