La gran empatía de Adolfo Suárez

El impulsor de la democracia en portada del Times
El impulsor de la democracia en portada del Times

Mucho tiempo después, el general Andrés Casinello recordaría la suerte que tuvimos con un presidente como Adolfo Suárez González. Casinello era jefe de los servicios secretos del Estado (el CESID) y colaboró con Suárez en algunas misiones políticas de primer orden como la de visitar al president de la Generalitat en el exilio, Josep Tarradellas, y pedirle que volviera. “Hay una imagen que me persigue –añade el general–: es la de dos desconocidos que caminan uno hacia el otro por un campo y cuando están a punto de cruzarse, ambos extienden el brazo para protegerse. Nació así el saludo”. El protagonista indiscutible de esa estampa histórica de mano tendida a los nacionalistas, republicanos, comunistas, socialistas, sindicatos de clase.., fue Adolfo Suárez. Le pregunté a Casinello cuál era el principal rasgo de su carácter y contestó sin dudar: “Una gran empatía”. Es cierto. No se enfadaba jamás. Sin ella, la Transición no habría sido posible.

Cuando el rey Juan Carlos regresó de su primera visita oficial a Washington, en la primavera de 1976, la izquierda tolerada (PSOE) y la perseguida (PCE) esperaba que colocase a José María de Areilza al frente del Gobierno en sustitución del franquista Carlos Arias Navarro, exalcalde de Madrid y muy amigo de la esposa del dictador fallecido. De hecho, Areilza introdujo las 29 palabras clave en el discurso del monarca ante el Congreso de EEUU, anunciando que España sería una democracia. Santiago Carrillo, que desde enero de 1976 recorría el país disfrazado con su famosa peluca, mantenía contactos con Areilza (conde de Motrico) sobre la legalización del PCE y se llevó una gran decepción cuando el rey puso a Suárez.

Ni Carrillo ni Felipe González habían hablado de política con aquel falangista o “azul”, como se decía entonces, que había sido director de Televisión Española antes de suceder en el verano de 1975 a su valedor, Fernando Herrero Tejedor, en la secretaría general del Movimiento, el partido único franquista. Sin embargo, todo cambió cuando le conocieron. Alfonso Guerra llegó a decir que Felipe se había enamorado de Suárez. Y Carrillo le quería tanto que no dejaba pasar un debate sin ofrecerle su apoyo frente a la caverna golpista y a la tendencia pretoriana del Ejército, todavía considerado “columna vertebral de la patria”, razón por la cual le llamábamos “Santiago Pactillo”.

Su gran coraje político para “dinamitar el bunker” apelando al referéndum para sacar adelante la ley de reforma política, para legalizar el PCE y celebrar las primeras elecciones democráticas tras 40 años de dictadura no se entiende sin aquella capacidad de diálogo y empatía hacia el adversario. De su convicción democrática nos queda la frase de su dimisión como presiente: “No quiero que la democracia vuelva a ser un breve paréntesis en la historia de España”.

Era enero de 1981, su partido, la Unión de Centro Democrático (UCD), se descomponía en familias y banderías. El aprecio de la izquierda contrastaba con la traición de los propagandistas católicos, democratacristianos, liberales, reformistas y socialdemócratas que componían la UCD. Ante los ciudadanos quedó, con Carrillo y Manuel Gutiérrez Mellado, como el presidente al que los gritos del golpista Tejero y las ráfagas de tiros de los guardias que asaltaron el Congreso no consiguieron humillar. Pero también como el dirigente al que los banqueros negaron el crédito para la campaña electoral de su nueva formación, el Centro Democrático y Social (CDS).

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