El gobernante marciano

Gobernante saluda a emperador japonés
Gobernante saluda a emperador japonés

En una conferencia con traducción simultánea al castellano con acento argentino, el eminente doctor por la Universidad Imperial de Tokio, Kobo Abe, manifestó poseer pruebas inequívocas sobre el origen extraterrestre de determinados gobernantes. Esta afirmación provocó gran suspense y generó una visible inquietud entre el público. Un diplomático español, allí presente, echó mano a su iPone y se asomó, ansioso, a la pequeña pantalla. Después de comprobar en Wikipedia que su superior, el jefe del Gobierno, había nacido en Santiago de Compostela el 27 de marzo de 1955 y, en consecuencia, no se podía contar entre los originarios de otros planetas, se relajó y respiró tranquilo.

El doctor Abe se percató del impacto de sus palabras del todo creíbles, como corresponde a un académico y, sin renunciar al suspense, prometió no desvelar nombre alguno en público, pues ni oficiaba de provocador ni deseaba crear conflictos internacionales. Sus palabras tranquilizaron definitivamente al diplomático, que enseguida, por ser de pensamiento-ardilla, se puso a saltar de la corteza de un asunto a la piel de otro y después se distrajo buscando parecidos calcados y remotos entre las caras de los asistentes y los animales del zoológico.

La acompañante del diplomático, una mujer inteligentísima que manejaba más idiomas que un Pentecostés y a la que llamaban Gacela en japonés, pues había sido bailarina y ahora ejercía de profesora de valet, permanecía muy atenta al monólogo del orador, a sus giros, inflexiones de voz, gestos y sobreentendidos. Y como quien no quiere la cosa comenzó a atribuir al gobernante español algunos rasgos que el doctor Abe consideraba propios de extraterrestres.

Desde luego –se dijo–, un jefe de gobierno que no acierta a colocar una banda de moaré de seda con la Gran Cruz de Isabel la Católica en torno al torso de un senador, hasta el punto de dejarla manga por hombro y al final entregársela enrollada en mano, como hizo el presidente español con el presidente de la Comisión de Exteriores del Senado de EEUU, Bob Menéndez el 14 de enero pasado, no es tipo normal. Tal vez el gobernante tendría que realizar un curso práctico sobre cómo colocar insignias y condecoraciones, se dijo.

¿Y la ignorancia de la legalidad vigente? Si esa Gran Cruz fue instituida para premiar la “lealtad acrisolada y los méritos contraídos a favor de la prosperidad de los territorios hispanoamericanos”, ¿por qué causa o razón el gobernante se la impuso a un feroz defensor del bloqueo a Cuba, cuando hasta el mismísimo presidente Barack Obama ha comprendido que la penuria de los cubanos no conduce a la democracia pluripartidista? ¿No había en EEUU personalidades a las que condecorar que no fueran un senador investigado por el FBI por presunta implicación en una red de prostitución de menores, al parecer, organizada por su amigo el oftalmólogo Salomón Melgen en la República Dominicana? ¿No sabía el mandatario español que mister Menéndez presionó en el Congreso a favor de un contrato multimillonario para una empresa del mencionado Melgen con negocios en la República Dominicana?

Apenas la mencionada acompañante Gacela acababa de recordar aquel hecho, sobre el que el diputado Gaspar Llamazares ha exigido una explicación por escrito, cuando el eminente Abe refirió al lema favorito de esa clase de personajes: “Orden todo el tiempo”. De primeras, creyó que se refería a los dictadores que infectan el planeta, autócratas sirios, tiranos yemeníes, plutócratas saudíes, déspotas de países desgraciadísimos como la cercana Corea del Norte, torturadores y represores infames de la oligarquía que gobierna el gigante chino… Pero cuando reflexionó, cayó en la cuenta de que el Reino de España acometía una contrarreforma por la impunidad universal de esos bárbaros y genocidas, y otra contra la libertad de las mujeres a decidir su maternidad, y otra para amordazar con fuertes multas y castigos a los que protestan contra la pobreza y la quita de derechos humanos y sociales por parte del gobernante, y otra más para reestablecer la cadena perpetua que había sido abolida hacía cuatro décadas con el acabose de la dictadura.

Desde luego, nada de lo que estaba sucediendo en España era normal. Pero la sospecha de la oyente aumentó mucho más cuando oyó al doctor Abe mencionar otro rasgo distintivo de los extraterrestres: “En la actualidad, señoras y señores –dijo el orador, enfatizando la palabra “actualidad”–, esos seres se distinguen porque repiten allá por donde van que el ser humano es la materia más barata de todos los recursos naturales”. ¡Vive Dios!, exclamó para sí. ¿No fue era ese el mensaje que, con otras palabras, lanzó el gobernante español en su reciente visita al imperio del sol naciente? A su lado, el diplomático se entretenía en poner cara de cebra a una señora, y no advirtió el nerviosismo de Gacela, a la que le temblaba un tacón.

El doctor Abe avanzaba en su alocución con referencias a la indolencia como atributo común de aquellos gobernantes de origen extraterrestre, lo que provocó que a la asistente Gacela se le extendiera el temblor al otro tacón con sólo pensar que un gobernante que alcanzó el sillón de un país con el 22,85% de su población activa  (23.081.200 trabajadores) en paro (5.273.600) y en el transcurso de dos años había reducido la población activa en 450.000 personas e incrementado el paro hasta el 26,03% (5.896.300 trabajadores, un 57% de ellos, jóvenes) se mostraba satisfecho de la evolución del país y sostenía que había mejorado. ¿Cuál era la orientación de esa mejora? ¿En qué sentido había que interpretar la mejora? Ya no había duda: en el sentido de que el ser humano es la materia más barata de todos los recursos naturales.

Cuando el eminente experto puso el broche a su exposición con otro lema también común a los despiadados extraterrestres: “Cuanto peor, mejor”, el temblor de tacones de la mujer la impulsó automáticamente como un resorte y, saltándose varios pasos y los modales del caso, se plantó delante del conferenciante y aprovechó una de sus inclinaciones de cabeza para susurrarle  que deseaba hablar con él. El doctor Abe, muy complacido, la tomó del brazo y se retiró a la recámara dispuesto a aceptar su plan o invitación.

Entonces la mujer le preguntó si entre los marcianos se hallaba el jefe de gobierno español, ante lo que el doctor Abe, ya sin temor a crear un conflicto internacional, pues era una conversación privada, contestó: “Afirmativo”. La mujer, que ya digo, era inteligentísima, quiso estar segura de que aquel experto no mentía ni para turbarla ni por complacerla, y argumentó: “¿Cómo es posible que ese gobernante sea de origen marciano, si en el planeta Marte no quedan vestigios de vida?” A lo que el sabio respondió: “No queda porque acabaron con ella”. “Entonces…”, dijo la mujer, pero el doctor la interrumpió: “Entonces saque usted las consecuencias”.

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